Se traduce en etiquetar en cada producto su
impacto en la producción de gases de efecto invernadero. Además de informar al
consumidor y dar la oportunidad de contribuir a la sostenibilidad ambiental
permite reforzar la economía local y la economía sostenible.
Los consumidores
conocen así la cantidad de dióxido de carbono (CO2) emitida durante su fabricación,
transporte y eliminación. Este sistema puede ayudar a los consumidores a mitigar las consecuencias del
cambio climático y
a las empresas que lo asumen, avender más y gastar menos.
Gracias a las etiquetas de
huella de carbono, los consumidores pueden elegir los productos con
un menor impacto en el cambio climático. El dióxido de carbono (CO2) es uno de los principales gases de
efecto invernadero (GEI), implicados en este grave
problema medioambiental. Si todos los productos llevaran en su etiquetado la
información de su huella de carbono, es decir, cuánto CO2 se ha emitido desde
su creación hasta su transformación en residuo, el consumidor podría comparar
los datos y seleccionar el de menor huella. Un pequeño gesto realizado a diario por millones de consumidores puede
tener un efecto considerable, para bien o para mal.
Se trata
de una forma de recordar el cambio
climático a los
consumidores, además de destacar su importancia y sus consecuencias no solo sobre el
medio ambiente, sino también sobre la economía o la salud de toda la sociedad
en general. Cuanto mayor sea el cambio climático, más se resentirá la biodiversidad o
los recursos naturales, y esto afectará negativamente al
bienestar de los seres humanos. En definitiva, es un mensaje que se envía a los
consumidores para concienciarles sobre la importancia del medio ambiente en sus
vidas cotidianas y la necesidad de conservarlo.
Las
empresas pueden ofrecen productos más responsables con el medio ambiente, vender más y gastar
menos, si se esfuerzan en reducir su huella de carbono y
demostrarlo en sus etiquetas. Para conseguir una menor huella, una de las
acciones principales pasa por reducir el consumo de energía, que se traduce en un menor
gasto. Además, no hay que olvidar que la legislación exige cada vez más
productos y sistemas productivos con el menor impacto posible sobre la
naturaleza.
Aún así las etiquetas de huella de carbono pueden
provocar una sensación falsa de conciencia ecológica.
Realizar o comprar un producto con este etiquetado podría hacer creer que ya se
ha "cumplido" con la labor de mitigar el cambio climático, cuando en
realidad es una de las muchas acciones que se pueden tomar para ello, y no
solo por parte de los consumidores, sino de toda la sociedad, empresas,
instituciones, organizaciones sociales, etc.
La introducción de los datos
sobre la huella ecológica obligaría a productores y distribuidores a rediseñar sus envases,
lo que supone un esfuerzo añadido. Con la cada vez mayor información que figura
en los mismos, podría pasar desapercibida, e incluso, confundir a los
consumidores si no se hace de forma adecuada.
La huella de carbono no tiene en cuenta a otros gases de efecto invernadero como el metano o
el óxido de nitrógeno, que se emiten durante la producción
ganadera. A pesar de que su cantidad es menor, su efecto es mucho mayor que el
del CO2. Por ello, algunos expertos sugieren calcular
todos los GEI y no solo el CO2 para hacer una estimación más aproximada de lo
que un producto conlleva para el cambio climático