Las evidencias desacreditan la
existencia de la persona “ideal” que es capaz de procesar toda la información
disponible, de seleccionar la más pertinente y relevante en cada situación, de
optar por la mejor acción posible y de hacer todo ello de forma objetiva.
Las
acciones individuales están modeladas por creencias, intereses, emociones y
necesidades que son particulares y subjetivas, además de por factores y
circunstancias inmediatas ligadas a cada contexto social y a cada situación
concreta.
Que una persona tenga acceso a mucha información sobre el CC,
incluida la mejor información científica disponible; o sepa, incluso, cual es
la decisión o la acción más correcta desde un punto de vista lógico-racional,
no garantiza por sí sólo que vaya a actuar de forma proambiental.
El vínculo
emotivo es con frecuencia olvidado por los comunicadores y los educadores
ambientales, o incluso menospreciado como signo de irracionalidad, pero sin él
la motivación para la acción puede perder intensidad o, incluso, carecer de
sentido